La Biblia desde el siglo XXI

La Biblia no nos enseña cómo funciona el cielo sino cómo se va al cielo.

“La Biblia no nos enseña cómo funciona el cielo sino cómo se va al cielo”. Esa era la opinión de Galileo Galilei, astrónomo, ingeniero, matemático y físico italiano.

Pero lo cierto es que no la expresó por escrito tal como yo le tengo recogido en la cabecera de esta reseña. La recopile hace años de un listado de citas, sin llegar a conocer el escrito donde Galileo expresó su opinión al respecto.

La semana pasada me propuse encontrar el escrito donde Galileo expresaba esa idea, y lo encontré: La carta que en 1615 escribió sobre la relación entre la ciencia y la religión, y en defensa del sistema heliocéntrico de Copérnico. La escribió para la Duquesa de Toscana, Cristina Lorena, pero en ella no expresa la idea en los términos que yo la recojo. Debiera haber titulado este post así:

[Respecto al contenido de la Biblia]… la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo.

Pero decidí mantener el texto tal como desde hace tiempo lo tenía recogida, pues me parece una muy buena síntesis de lo que opinaba Galileo sobre la utilidad de la Biblia. En el fondo lo que recopiló en la sección “Opiniones relevante sobre la Biblia” no son citas, sino opiniones, como expresa el título de la sección.

En el contexto se ve claramente que Galileo se refería al contenido de la Biblia cuando indica que la “la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo”. Lo copio a continuación:

No puedo creer que Dios nos haya dotado de sentidos, palabra e intelecto, y haya querido, despreciando la posible utilización de éstos, darnos por otro medio las informaciones que por aquéllos podamos adquirir, de tal modo que aun en aquellas conclusiones naturales que nos vienen dadas o por la experiencia o por las oportunas demostraciones, debemos negar su significado y razón; no creo que sea necesario aceptarlas como dogma de fe, y máxime en aquellas ciencias sobre las cuales en las Escrituras tan sólo se pueden leer algunos aspectos, y aun entre sí opuestos. La astronomía constituye una de estas ciencias, de la cual sólo son tratados algunos aspectos, puesto que ni siquiera se encuentran los planetas, a excepción del Sol y la Luna, y Venus sólo una o dos veces, bajo el nombre de Lucifer. Ahora bien, si los sagrados profetas hubiesen tenido la pretensión de comunicar al pueblo la situación y movimiento de los cuerpos celestes y, por consiguiente, tuviéramos nosotros que sacar de las Sagradas Escrituras tal información, no habrían, en mi opinión, tratado el tema tan poco, que es casi nada si lo comparamos con los infinitos y admirables resultados que dicha ciencia contiene y demuestra. Por tanto, que no solamente los autores de las Sagradas Escrituras no hayan pretendido enseñarnos la constitución y los movimientos de los cielos y de las estrellas, sus formas, sus tamaños y su distancia, sino que, aunque todas esas cosas les fueran perfectamente conocidas, se hayan abstenido de hacerlo, tal es la opinión de los santos y sabios Padres; así leemos en San Agustín:

«Suele también preguntarse qué forma y figura atribuyen nuestros libros divinos al cielo. Pues muchos autores profanos disputan largamente sobre estas cosas, que omitieron con gran prudencia los nuestros, por no ser para los que las aprenden necesarias para la vida bienaventurada, y, además, porque los que en esto se ocupan han de malgastar lo que es peor, tiempo sobremanera preciso restándolo a cosas más útiles. Pues a mí, ¿qué me interesa que el cielo, siendo como una esfera, envuelva por todas sus partes a la Tierra equilibrada en medio de la masa del mundo, o que la cubra por la parte de arriba como si fuera un disco? Mas porque se trata de la autoridad de la divina Escritura y como quizás alguno no entienda las palabras divinas, cuando acerca de estas cosas encuentre algo semejante en los libros divinos u oiga hablar algo de ellos que le parezca oponerse a las razones percibidas por él, cosas que no he recordado solamente una vez, para que no crea en modo alguno a los que le amonestan o le cuentan o le afirman que son más útiles las cosas profanas que la verdad de la Santa Escritura, brevemente he de decir que nuestros autores sagrados conocieron sobre la figura del cielo lo que se conforma a la verdad, pero el Espíritu de Dios, que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas que no reportaban utilidad alguna para la vida futura» (Del Génesis a la letra, lib. II, cap. IX).

Y además el poco cuidado que tuvieron esos mismos escritores sagrados para determinar lo que debía creerse acerca de los accidentes de los cuerpos celestes, se nos muestra en el capítulo X de esa misma obra de San Agustín, donde se discute la cuestión de si el cielo se mueve, o bien permanece inmóvil:

«Sobre el movimiento del cielo no pocos hermanos preguntan si está quieto o se mueve, y dicen: si se mueve, ¿cómo es el firmamento? Y si permanece estable, ¿cómo las estrellas, las cuales se cree que están fijas en él, giran del oriente al occidente, recorriendo las septentrionales, que están cerca del polo, círculos más breves, de tal modo que aparece el cielo como una esfera, si es que está oculto a nosotros el otro polo en la parte opuesta, o como un disco si no existe ningún otro polo? A los cuales respondo, que para conocer claramente si es así o no, demanda excesivo trabajo y razones agudas; y yo no tengo tiempo de emprender su estudio y exponer tales razones ni deben ellos tenerlo. Sólo deseo instruirles en lo que atañe a su salud y a la necesaria utilidad de la Santa Iglesia» (Del Génesis a la letra, lib. II, cap. X).

De allí resulta, por consecuencia necesaria, que el Espíritu Santo, que no ha querido enseñarnos si el cielo se mueve o si permanece inmóvil, si su forma es la de una esfera, de un disco o de un plano, no habrá podido tampoco tener la intención de tratar otras conclusiones que con estas cuestiones se ligan, tales como la determinación del movimiento y del reposo de la Tierra o del Sol. Y si el Espíritu Santo no ha querido enseñarnos esas cosas, porque ellas no concernían al objetivo que Él se propone, a saber, nuestra salud, ¿cómo podría afirmarse entonces que de dos afirmaciones sobre esta materia una es de Fe y la otra errónea? ¿Podría sostenerse que el Espíritu Santo no ha querido enseñarnos algo concerniente a la salud? ¿Podría tratarse de una opinión herética, cuando para nada se relaciona con la salud de las almas? Repetiré aquí lo que he oído a un eclesiástico que se encuentra en un grado muy elevado de la jerarquía, a saber, que la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo.

 

 

 

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